El bebé de los dos
Era una pequeña hora y un pequeño día. Los ocho soles se habían alineado para darle espacio de vista a una sola de las doce lunas que el planeta que habitábamos en ese momento tenía. Habíamos estado viajando ya desde hacía nueve semanas por innumerables planetas parecidos a tus manos, agrietados y ríspidos. Faltaba caminar por otros tantos innumerables. Pero solo íbamos pisando las superficies. Yo me preguntaba si nuestros pies se parecían, pero no se me había ocurrido mirar hacia abajo para observarlos. Vivía mas bien esperando que la visión de las cosas se me hiciera presente.
Me senté a la orilla del cielo para esperar tu boca, y como no encontré lo que buscaba me quede dormida, empecé a soñar con el sonido que hacen los párpados cuando parpadean, y llegué a la conclusión de que ese sonido jamás sería lo suficientemente sincrónico como para poder confiar en él. Besaba las alas de las moscas y empezaba a sentir cierto aprecio por cada una de ellas, les había puesto nombre y algunas ya hasta me habían dado su número de celular. Sin embargo, yo le enviaba mensajes al infinito para que respondiera algo concreto. Me resultaba un poco molesto el ruido que hacían las patas de los elefantes que pasaban por encima de mí.
Yo quería comer un helado contigo. Y tal vez unas papas fritas. Te ofrecía todo lo que había construido hasta ese momento que era un techo flotante. Lo había diseñado justo para que nos protegiera de los rayos extrauve que a veces enviaban cuatro de los ochos soles existentes en nuestro sistema por aquel entonces. Y cuando estábamos tomando los soles en la azotea fue cuando apareció entre nuestro abrazo el bebé de los dos. Parecía normal. Tenía dos pies y dos manos, y cantaba muchas canciones bonitas. Le revisé los párpados analizando si su sonido era sincrónico y me pareció que si. Yo quería ir con él de paseo a la cuarta luna, pero preferí dejarlo para después porque el cambio de densidad podría afectarle la sonrisa. Y se veía bonito cuando sonreía. Y cuando sonreía yo pensaba en ti porque te quería. Quería comprarle un ave con el dinero invisible que nos había sobrado de nuestro último vuelo.
Y yo observaba su ser pachón y no podía menos que tratar de cubrirlo con el tejido que habíamos ido tejiendo hacía algún tiempo con los pensamientos de ambos y que habíamos decorado con las letras que cada uno prefería. El bebé se mostraba satisfecho con eso. Yo no podía proveerle de comida y por eso decidimos darle de beber jugo de alfalfa, para que pudiera absorber correctamente la energía solar, que en ese lugar abundaba. Le dimos un juguete que hacía ruiditos como de cáscaras de naranja seca. Y cuando el bebé dormía cada uno de los dos nos retirábamos para no molestarlo con nuestro llanto. El bebé de los dos soñaba y cuando soñaba sus sueños se parecían a los nuestros. Al otro lado del cielo volvimos a encontrarnos y tus palabras comenzaron a generar ideas. Nos miramos a los ojos y comprendimos que era el momento de continuar el camino.
Clases 26 Mar. 10
Inglés
Texto guía
Primer parte
Referencia a Freud y a Samael
Escapar de la calle
Burbujas Protectoras como coches
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